Y del hervidero de las heridas hacia las que vuelves la mirada, mujer despreciable, brota una y otra vez el veneno (único estímulo de tu clítoris podrido) que tanto te esfuerzas en ver reflejado en la consciencia del prójimo para que se autodestruya ante tus ojos. Pero es tu consciencia, tan atroz como profunda, la que desearías ver destruida a fuerza de violaciones hiperviolentas, penetrada por crueles serpientes de vicio redentor. Un lazo de pureza, de virtud sin par, recoge el negro de tus cabellos (cabellos como hilos dentales, destinados al sarro y al semen), aquellos que ocultan tu perfecto cráneo: placenta de un órgano tan estropeado como útil. Útil a la serpiente, devorador lubricado, fantasía incorpórea, producto vesánico del huevo mágico (ese tan oculto, tan misterioso como el recuerdo, tan implorado). Dulce glaucoma nutre tus ojos de perra ultrajada. En las escamas mnémicas de la serpiente: la traza investida. Y de la venganza nadie habla mejor que tu voz, música divina.
Gerard Asunción

Y del hervidero de las heridas hacia las que vuelves la mirada, mujer despreciable, brota una y otra vez el veneno (único estímulo de tu clítoris podrido) que tanto te esfuerzas en ver reflejado en la consciencia del prójimo para que se autodestruya ante tus ojos. Pero es tu consciencia, tan atroz como profunda, la que desearías ver destruida a fuerza de violaciones hiperviolentas, penetrada por crueles serpientes de vicio redentor. Un lazo de pureza, de virtud sin par, recoge el negro de tus cabellos (cabellos como hilos dentales, destinados al sarro y al semen), aquellos que ocultan tu perfecto cráneo: placenta de un órgano tan estropeado como útil. Útil a la serpiente, devorador lubricado, fantasía incorpórea, producto vesánico del huevo mágico (ese tan oculto, tan misterioso como el recuerdo, tan implorado). Dulce glaucoma nutre tus ojos de perra ultrajada. En las escamas mnémicas de la serpiente: la traza investida. Y de la venganza nadie habla mejor que tu voz, música divina.

Gerard Asunción